Martes ciego

Miras y miras, vuelves a mirar. Unos ojos vacíos, un corazón candente y destrozado. Ansias locas por amar, ya casi no puedo ni respirar. Una espina se atasca en mi pecho ,me corta la respiración, lentamente, en aumento. Gritos ahogados, sonidos mudos. Mis fauces se abren incapaces de emitir nada, mis cuerdas vocales desafinadas y maltrechas han dejado de funcionar. Muecas, convulsiones, calor, presión. No sé que me pasa, no logro comprender. Días aciagos bajo un telón de nubes grises. Ya no veo, ya no soy dueño de mi cuerpo. Los minutos se estiran y estiran tirando de mi cuerpo hacia abajo.

Nada más, ya está.

Me precipito al vacío. Adiós.

 

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Amigos

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Recuerdo cuando recordábamos juntos. Esas viejas batallas doradas, el eco de la risa, la sensación de seguridad. No tener que pensar… Hablar sobre cosas sin importancia, emocionarte con una obviedad. Disfrutar del silencio compartido en un mar de sinceridad.

Saber lo que te atormenta, tu espinita clavada en el corazón. Sentir el calor en tu pecho, reconfortante, con un amor sincero que no fuerza tópicos ni preguntas en una sonrisa que camufla la más pura indiferencia. No tener que aparentar interés, desconsiderada educación.

Qué fue de la pureza, del hogar intangible que emana de la persona. No lo veo, es tan difícil de encontrar… Lo tenía y lo dejé marchar. Y todo por no pronunciar lo que anhela mi alma ¡Cobarde! Mis sentimientos se esconden tras un muro que yo mismo construí. Maldito orgullo, sal de aquí para que pueda volver a tu lado, para que pueda recordar lo que es la amistad. Sigue leyendo